“Padres consumidos, hijos consumistas”, así se llama el capítulo 4 del libro “La sociedad de los hijos huérfanos”. El autor del libro es el argentino Sergio Sinay. Al titular de semejante manera, está manifestando su mirada sobre un tema tan sensible. Uno puedo estar en desacuerdo con el título o inclusive con el contenido. Pero no se puede dejar de pensar sobre un tema de semejante actualidad y las consecuencias que tiene para los más chicos. No es mi objetivo desarrollar lo que el autor tan bien lo hace. Simplemente la idea es intercambiar algunas ideas que nos permitan “pispear” como somos con el consumo.

La sociedad, en la clasificación de las clases, determinaba la condición de una persona o familia de acuerdo al ingreso. De esa forma se establecía en qué franja le correspondía. Con el paso de las ofertas publicitarias, una persona comenzó a ubicarse en una clase social de acuerdo a la capacidad de consumo, de compra. Ya no en orden al ingreso, sino en cuánto puede conseguir. Por eso comenzaron los créditos, los modos de pago en cuotas. Antes, no hace demasiado, se compraba cuando se tenía. Ahora podés no tener, que sin embargo podés alcanzar. Total, algún día lo pagaremos. O nosotros o las generaciones que vengan detrás. Así hemos establecido un modo de acceso a los bienes basados en el poseer, en el alcanzar, en el tener. No importa si eso que se quiere tener es una Tablet, una cartuchera de moda, la camiseta de Messi o un modelo de auto 0 Km. Hay que tener, alcanzar, poseer.

Tener, poseer, alcanzar, obtener. A costa de absorberse totalmente el sueldo que se percibe, en pagos de deudas de cosas que ya usamos, que tenemos tiradas o que ya no miramos, como en los casos de los plasmas que nos ofrecieron un par de horas antes del mundial y que ahora no tenemos ni tiempo para mirar. Porque llegamos agotados de trabajar para pagar la pila de boletas y deudas que se acumulan en la mesa o en el imán de la heladera.

Eso produce niños que aprenden desde chiquitos a comportarse como profesionales de la demanda. Ya que perciben tantos impactos publicitarios que no les alcanzan las fechas festivas para demandar un nuevo objeto de consumo. Con la expresión de “que a mi hijo no le falte lo que a mí me faltó” los padres deben acumular más horas de trabajo para poder responder a la solicitud de la nueva publicidad. Por eso el cansancio al extremo de poder ganar dinero para comprar más y más.

El tiempo que se destinaría para el momento del encuentro entre padres e hijos, se traduce en la ansiedad de ver “que me trajiste”. No importa que llegó papá o mamá. Importa solamente lo que tenía bajo el brazo. La oportunidad del encuentro y del dialogo exclusivo y directo encima se interrumpe con el whatsapp que aparece inoportuno. Así se van perdiendo diariamente cantidades de ocasiones en las que los más chicos y sus papás podrían haberse encontrado, descubierto y aprendido a conocer aún más. Hemos perdido calidad y cantidad. Ya no hay tiempo para hacer los deberes juntos ni para buscar una información en los libros. A lo sumo hay tiempo para que alguno de los papás salga el domingo a las 21 a buscar la fotocopia o el apunte que el hijo se olvidó de pedir y que el lunes a primera hora deben presentar.

Se corre, se anda, se va de un lado al otro, pero no se está ni siquiera 15 minutos con cada hijo (tiempo que los especialistas recomiendan de dedicación exclusiva, sin nada que interfiera)

Los hijos necesitan a los papás, no a las cosas que los papás les consiguen. Ojalá, querido lector, estas palabras sueltas puedan colaborar a reflexionar a quienes son papás y así les puedan entregar lo más hermoso que tienen a sus hijos. Su tiempo y su persona. Algo que nada ni nadie podrá reemplazar.

¡Hasta la próxima!

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