Entre el 25 de mayo y el 9 de julio, la memoria de hoy nos conduce a la figura del Manuel Belgrano. Y junto con él a la creación de la enseña patria. Mirar este día, pasado los años, es fijar la mirada en el valor de los signos y los símbolos.

Miramos primero el valor del signo. Que nos recuerda a la cosa en sí misma o la reemplaza. Viene a ocupar el lugar de lo que la cosa es. Como por ejemplo, la escritura. Es un signo en el que todos convenimos en un significado. Pactamos que significa lo mismo y todos lo entendemos. O lo entendemos quienes hablamos el mismo idioma.

Por otro lado está el símbolo. En el que todos vemos representado a través de ese objeto o elemento una idea, una representación que lo trasciende. Como por ejemplo los símbolos de un equipo de futbol o una bandera nacional. Son mucho más que la cosa en sí misma. Ellos representan valores, modos de ver el mundo que nos rodea y son capaces de emocionar o de dar la vida por ellos.

Hoy recordamos la creación del símbolo mayor que nos representa como habitantes de un mismo suelo. Nos acobijamos todos a su sombra. Bajo el símbolo que hoy recordamos su creación, todos nos sentimos parte de un mismo origen y destino.

Reconocerla como la mayor expresión de nuestra identidad es mirarla y sentirnos hijos de una misma patria. Y si somos hijos e hijas de una misma patria es que nos debemos mirar como hermanos. La condición de fraternidad nace de haber nacido en un mismo suelo o de habernos hecho hijos por adopción.

Somos argentinos porque nacimos en el mismo suelo o porque hemos llegado a esta tierra adoptando el símbolo patrio como el valor que nos une y nos hermana.

La condición de fraternidad es urgente que recordemos y vivamos. El constante enfrentamiento nos ha llevado a mirarnos con la mirada dura y hemos perdido la posibilidad de tratarnos como pares. Estamos quebrados como sociedad. Estamos heridos como habitantes de un mismo suelo. Estamos peleados como familia argentina.

Solo la bandera argentina puede unirnos. Solo la bandera argentina puede cubrir todas las diferencias naturales que tenemos por el solo hecho de vivir juntos.

Solo la bandera argentina puede lograr que vivamos. Que es mucho más que estar juntos. Miramos al símbolo patrio flameando y debemos sentirnos así, unidos. Y por lo tanto responsables unos de otros. No podemos vivir más pensando que basta con estar bien uno y el resto no me importa. O estamos bien un poquito mejor todos o nadie disfruta su propio bienestar.

A Dios Padre encomendamos la patria que nos vio nacer o la patria que hemos adoptado como propia. A la bandera que nos cobija y a nuestro futuro como pueblo unido. Pueblo que sabe convivir en armonía aún en las necesarias y sanas diferencias. No importa si pensamos o creemos distinto. Recemos para vivir unidos más que juntos.